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Camino a la fama

cuentos de miedo famaEse hermoso cuadro, era el último recuerdo que tenia de ella, por años, pintó en secreto, tal vez le avergonzaba mostrarme sus obras, por mi estatus de crítico de arte, pero sus pinturas eran maravillosas, en especial su trabajo final, aquel que aún estaba sobre el caballete.

Me sentaba frente a su legado por horas, dejando mi mente navegar en una zona de éxtasis desconocida, encontrándome de pronto en lugares inimaginables, gozando de una marea de sentimientos que no había experimentado jamás en mi larga vida. Por un momento pensé que tal fascinación se debía a que las pinturas me ayudaban a conservaba presente su recuerdo, pero con la ayuda de un colega, supe que su trabajo era tan bueno para provocar reacciones así de intensas. Sigue leyendo

El duende en el escritorio

Federico llegó puntual a su cita de los jueves a las cuatro de la tarde. Su psiquiatra ya lo estaba esperando como era costumbre.

– Pase por favor.

– Sí, enseguida doctor muchas gracias.

– Y cuénteme, ¿cómo se ha sentido con las medicinas que le mandé? – Preguntó el galeno.

– Para serle franco, suspendí las pastillas al segundo día de comenzármelas a tomar, pues en lugar de sentirme mejor me dio un insomnio terrible.

– Pero, ¿por qué tomó esa decisión sin consultarme? ¿Qué no sabe que haciendo eso lo único que logrará es que sus alucinaciones se hagan más recurrentes? – Explicó el médico.

– Se equivoca doctor, mi sufrimiento no se basa únicamente en delirios ni alucinaciones. Yo veo claramente a un duende que me incita a hacer cosas malas. Inclusive hay veces que me ha pedido que mate a varias personas que se han cruzado por mi camino.

– Otra vez con la historia del duende, cálmese por favor don Federico. Eso solamente pasa en leyendas de terror o en los cuentos de horror. Si realmente desea que lo ayude, lo primero que debe hacer es alejar esas ideas de su mente y seguir mis indicaciones al pie de la letra.

– Veo con tristeza doctor que usted no entiende. Es más, ahora mismo ese pequeño ser está sobre su escritorio meneando la cabeza.

– ¿Dónde, dónde está, dígame dónde está? Está bien, por lo menos cuénteme que le está diciendo. – Replicaba el psiquiatra en tono burlón.

– Dice que usted va a morir muy pronto.

En cuanto Federico terminó de decir esa frase, una pluma se posó sobre una hoja de papel y escribió: ¡DE MÍ NADIE SE BURLA!

El médico no daba crédito a lo que sus ojos estaban observando. Se sentó de golpe en su sillón y miro aterrorizado como el abrecartas se dirigía a su cuello. Con un movimiento rápido aquel instrumento lo degolló. Acto seguido una nueva oración apareció en el papel: SE LO DIJE.

La niña del rio

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En aquellos tiempos la gente se levantaba de madrugada para caminar largos tramos hasta su lugar de trabajo y empezar bien temprano. Así lo hacía Don Miguel, que para llegar hasta el campo de la hacienda, tenía que cruzar el rio. Fue ahí donde una de tantas madrugadas, cuando el sol no había aun clareado, divisó una niña parada a orillas del cuerpo de agua. El hombre se acercó para ofrecerle ayuda, pero la pequeña simplemente desapareció ante sus ojos.

Esto le pasó por más de cinco días seguidos, y decidió compartirlo con la cocinera de la Hacienda, la vieja se santiguo, pero también le dijo a manera de consejo: -¡Háblele al ánima! Don Miguel, quien quita y lo lleva al enterradito”-. Pues en aquellos tiempos se creía que los aparecidos marcaban los lugares donde habían enterrado algún tesoro. Sigue leyendo